Camino a Clases

Por destinos de la vida llegué a parar a este lugar muy bello, pero sacrificado.
Me instalé un día de verano donde todo se veía muy tranquilo y sobretodo relajado, ya que es un lugar alejado donde se respira aire puro y se siente muy de cerca la brisa marina, la cual parece estar llena de bastante energía positiva.
Empezaron las clases y ya debía ir alistándome para lo que se venía, el tedioso viaje de dos horas hasta la universidad.
Me desperté muy temprano, a las 5 y 5 de la mañana. Obviamente con el despertador porque levantarse naturalmente a esa hora de la mañana es casi un imposible. Un día anterior ya había alistado todas mis cosas, mi bolso, mi ropa y lo más importante, mi desayuno.
Ya en el paradero, estaba todo muy oscuro por cierto, me encontraba sólo yo y mi soledad. Apareció de pronto el carro que mi mamá me había sugerido que tome, entonces sin pensarlo lo detuve y subí. Si no tomaba ese carro hubiera tenido que esperar media hora a que aparezca el de la misma ruta. Debido a que vivo casi en el último paradero de mi carro, por así decirlo, encontrar asiento para mí es algo que me tiene sin cuidado.
El carro avanzó dos kilómetros y el cobrador de dicha línea empezó a pasar por los asientos para que paguemos nuestros respectivos pasajes. Yo, como estudiante universitaria acreedora de dichos derechos que me confiere la ley, procedí a pagar con medio pasaje. Indignación que me llevé por sorpresa cuando el cobrador me informó que el medio pasaje era válido a partir de las seis de la mañana. Yo, con un tanto de sueño y sin querer discutir mucho con el señor, le dije muy perspicázmente que entonces vuelva a pasar por mi asiento a las seis y a esa hora le cancelaría. El hombre muy alterado empezó violentamente a proferir palabras soezes, alegando que en el periódico decía eso acerca de la seis de la mañana y tantas mentiras más.
Una señora muy amable en pos de hacer justicia me defendió y tildó de abusivo al cobrador, el cual me quizo bajar de inmediato del carro, pero yo ya muy aleccionada por mi mamá le dije que sólo bajaría si subía un policía. Después de tanto problema y barullo entre los viajeros, que ya habían aumentado en mi defensa y el cobrador, el carro colapso, al parecer una falla mecánica.
Felízmente, yo no había llegado a pagarle al cobrador, entonces me bajé al instante y tomé otro carro. El resto de pasajeros se quedaron un buen rato reclamando la devolución de su dinero, del cual el cobrador se había aferrado de una manera muy obsesiva.
Ya en el otro carro, que por cierto estaba lleno de gente, me esperaba una hora y media de viaje, parada y durmiendo en mi hombro.
Después de la agonía padecida en ese bus, me esperaba otro, el famoso trasbordo a la covida. Ese carro es más fácil de tomar, puesto que ya son las siete y treinta de la mañana, pasan a cada rato y es un bus más grande.
Subí y me encontré con varias amigas, las cuales nunca dudan en ayudarme cargando mi bolso y demás cosas que a veces se me antojan llevar a la universidad.
Gracias a Dios, la estadía en ese carro es sólo de media hora, ya que, a pesar de ser un carro más grande, tiene aún más demanda, por lo que respirar allí adentro es a veces un suplicio.
Llego a la universidad y es ahí cuando recién empieza mi día, dejando al olvido toda la experiencia vivida en los transportes públicos.
Terminan las clases, y vuelve la agonía en los autobuses.
Es lindo vivir en playa, pero todo tiene un precio.

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